lunes, 13 de febrero de 2012

Vélez Blanco, un castillo dividido en dos

Para ver este castillo se necesitan dos viajes. Uno a la pequeña y pintoresca localidad de Vélez Blanco, al norte de Almería. Y otro a Nueva York, al corazón de Manhattan, a una de las puertas de entrada a Central Park donde abre sus puertas el Museo Metropolitano. En Vélez Blanco nos espera el continente, la osamenta en piedra de un castillo simbólico, la desnudez de los muros, las torres y las paredes frías. En Nueva York, el contenido, el tesoro mejor guardado de aquella fortaleza, la magnificencia en mármol de un patio desmontado bloque a bloque y embarcado primero a Francia y luego a la ciudad americana.

Esta es una larga historia. Comencemos por el principio. La historia de aquel expolio comenzó en la primavera de 1904 cuando sus propietarios, los duques de Medina Sidonia, decidieron vender a un anticuario francés el patio del castillo, uno de los ejemplos más brillantes del renacimiento andaluz de la mitad del siglo XVI.

Desde Park Avenue

El anticuario se apellidaba Goldberg y con la ayuda de unos operarios locales desmontó piedra a piedra los sillares, lajas y filigranas en mármol de Macael que decoraban el patio principal delmonumento palaciego. Embarcó las piezas en Almería y las hizo llevar a Marsella, y de allí a París donde trató de venderlas al mejor postor. Apenas un puñado de cronistas almerienses alzaron la voz en contra de aquel desvalijo.

En París, Goldberg hizo el negocio del siglo al vender el patio al plutócrata norteamericano George Blumenthal. El financiero neoyorquino adquirió las piezas para decorar el salón principal de su palacete en Park Avenue. Pudo ser peor. Y es que Blumenthal murió sin descendencia y decidió donar su patio y sus obras de arte al Metropolitan donde hoy podemos contemplarlo, muy lejos de donde fueron proyectadas, en un salón contiguo donde se exponen otras piezas del renacimiento italiano.

El castillo renacentista de los Fajardo es uno de los mayores símbolos monumentales de Almería. A su alrededor se encrespa una corte de peladas montañas que forman la Sierra de María, un parque natural mágico y acuoso en el norte de una tierra sometida a la sed y el desierto. Por fuera, el castillo es sorprendente, tiene un aire inexpugnable. Por dentro, está desnudo, despojado de las riquezas que en siglos más dichosos lo adornaron. Este castillo nunca tuvo patio de armas. Sí un patio señorial idealizado por don Pedro de Fajardo y Chacón, primer marqués de los Vélez, un aristócrata dotado de una ambición ardiente, de una imaginación sin límites y de una inusual inclinación para la época por la literatura, las artes y el estudio.

Una máquina defensiva

Los arquitectos que trabajaron en la fortaleza proyectaron la mejor máquina defensiva del momento. Sin embargo, con una mirada más reposada, el viajero acaba encontrándole un aire más dulce e inofensivo. Las caras del castillo están adornadas por grandes ventanales, escudos nobiliarios, galerías y pasadizos desde donde se admira una vista indescriptible de la comarca.

La portada de acceso a la fortaleza está blasonada con un escudo del linaje de los Fajardo. El vestíbulo acoge las oficinas de entrada. Elvestíbulo da directamente al patio. El escudo de los Fajardo impreso en la torre del Homenaje no es original, pero sí la gárgola que pende de una de las esquinas. Unas escaleras trepan hasta la primera planta. Allí se ubican los salones del Triunfo y la Mitología, decorados en su día con frisos bellamente labrados, hoy están expuestos en el Museo de Artes Decorativas de París, donde por cierto han sido hallados nuevos frisos.

Los salones se abren a dos deliciosos miradores. La visita continúa por la galería que mira hacia el pueblo. Este mirador está sostenido por columnas góticas originales. Para el final de la visita nada mejor que ascender hasta la torre del Homenaje y admirar sus almenas troncopiramidales sosteniendo bolas de labrada piedra. Desde estas alturas las vistas son impagables


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