jueves, 18 de agosto de 2011

Jiva, la joya del Turkestán



En el delta del río Amu Daria y junto a uno de los escenarios más apocalípticos provocados por el hombre, esta ciudad amurallada es el mejor ejemplo de la refinada arquitectura musulmana en Asia Central.



Viajo por una carretera de asfalto paralela al río Amu Daria -una de las antiguas rutas por la que fluía el comercio entre Europa y China- atravesando campos de algodón y tratando de digerir lo que voy dejando atrás: el mar de Aral, el mayor desastre medioambiental provocado por el hombre en toda su Historia. Estoy abandonando una de las regiones más degradadas y espeluznantes de nuestro planeta, rodeado de miseria, suciedad, barcos oxidados en mitad del desierto, pueblos abandonados, chatarra, mujeres anémicas, niños desnutridos y con malformaciones, niveles cancerígenos disparados, jóvenes borrachos y agresivos...

Sólo deseo salir de aquí cuanto antes y sumergirme en lo que aún perdura del esplendor de tiempos pasados, cuando la Ruta de la Seda convirtió este remoto lugar de Asia Central en un centro de sabiduría, de espléndidos artesanos y de una arquitectura refinada y fabulosa bajo el reinado del gran Tamerlán. Mi siguiente destino es la ciudad de Jiva, que junto con Bujara y Samarkanda, componen las tres joyas arquitectónicas de Uzbekistán. El mejor ejemplo de la arquitectura musulmana de Asia Central.

El último oasis


Dice la leyenda que el antiguo oasis de Jiva se levanta en el lugar en el que Sem, hijo del patriarca bíblico Noé, cavó los pozos de agua Keivah. Estudios arqueológicos demuestran que la ciudad existía en el siglo VI, pero no hay testimonio escrito de ella hasta el siglo X, cuando los geógrafos árabes la describen como una pequeña ciudad situada al borde del desierto. Era el último oasis que encontraban las caravanas de comerciantes de la Ruta de la Seda en su viaje a la antigua Persia, antes de atravesar el gran desierto del Turkestán. Entre sus murallas de barro de 12 metros de altura, las caravanas encontraban cobijo y protección de los bandidos, comerciaban y se avituallaban antes de afrontar el desierto.

Jiva llegó a tener el mercado de esclavos más grande de Asia Central y 16 escuelas coránicas. En 1990 fue declarada por la UnescoPatrimonio de la Humanidad. Las huellas de las caravanas se borraron hace tiempo, pero Jiva conserva aún la imagen evocadora de las mil y una noches, de la soledad del desierto y del sonido del Islam. La ciudad está dividida en dos partes: Dishan Qala, que se extiende alrededor de las murallas, eItchan Qala, que encierra en intramuros todo el encanto de las antiguas ciudades árabes. Por el color de los azulejos, Samarkanda es la ciudad azul, Bujara, la ciudad marrón y Jiva, la menor de las joyas uzbekas, la ciudad turquesa.

Itchan Qala es un auténtico museo repleto de palacios, escuelas coránicas y mezquitas, en la que se han preservado la cultura y las costumbres de sus habitantes, que debieron permanecer ocultas hasta finales del siglo XX. La luz sesgada del atardecer tiñe los muros de un ocre intenso que se refleja en los azulejos turquesa de las cúpulas de las mezquitas. Es el momento en el que la magia se apodera de Jiva y se convierte en un escenario repleto de encanto. Paseando por sus callejuelas desiertas, trato de comprender cómo es posible que el ser humano sea capaz de crear esta maravilla y un puñado de kilómetros hacia el oeste, un escenario tan apocalíptico como el mar de Aral.

Fuente: ocholeguas.com

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