Érase una vez un país diminuto, escondido entre los pliegues de los Pirineos. La leyenda clamaba que allí solo se podía esquiar y hacer compras, pero la realidad decía todo lo contrario. He aquí un cómo visitar Andorra sin hacer lo de siempre. ¿Asistir a un concierto de jazz con calefacción? Sí ¿Beber un vino valiente y de altura? También.
1. Catas vinateras a 1.200 metros
Cada vez que Joan Albert se asomaba al amanecer a la ventana de su casa de Sant Julià de Lòria tenía un sueño. Desde allí contemplaba cómo los primeros rayos se posaban sobre una de las laderas de La Muxella y no abandonaban la montaña hasta bien entrado el día. Con esas condiciones, el emplazamiento era ideal para el cultivo de la uva en altura. En 2004 Joan Albert cumplió su deseo y plantó viñas de riesling en ese lugar. En 2009 comenzaron a comercializar este caldo engendrado en condiciones extremas, por encima de los mil metros, obteniendo un vino ecológico, artesanal, muy personal y cuyo precio también es de altura: la botella de 75 cl cuesta 45 euros. Aquellos que lo quieran catar y conocer los vericuetos de su elaboración, pueden hacerlo: las bodegas de Escol están abiertas a las visitas y a las catas, una alternativa novedosa para un destino invernal como Andorra. La experiencia es tan poco convencional como el propio vino: para llegar a las bodegas hay que montar en todoterrenos de la propia empresa y enfilar unas cuestas imposibles, monte a través.
2. Montañas dibujadas
Superlópez estuvo aquí, en Andorra. Lo hizo en 2004, en un álbum ambientado íntegramente en el principado, titulado Las Montañas Voladoras. El tebeo en cuestión evoca la historia real de Boris I de Andorra, un ciudadano ruso que se dejó caer en el principado en 1930 y se autoproclamó Rey durante poco más de diez días, periodo tras el cual fue expulsado. Más allá de sus minutos de entretenimiento, Las Montañas Voladoras es una especie de guía turística dibujada de Andorra, por la que desfilan las ermitas románicas, el skyline de la capital gobernado por Caldea y, por supuesto, los picos nevados. La visita de este superhombre celtíbero no fue fortuita. En Andorra gustan mucho las viñetas. Tanto que desde hace una quincena de años organizan un Salón dedicado al Comic de ambiciones modestas, pero con un ambiente familiar, cercano, y con la presencia de autores de excepción como Ibáñez, Paco Roca o David Lloyd. El salón tiene lugar a finales de abril y principios de mayo. Quien se acerque al principado durante el resto del año y tenga hambre de viñetas puede visitar el Museo de Cómic de La Massana.
3. Do, Re, Mí... bajo cero
Lo habitual es que los festivales de jazz sean, como las bicicletas, para el verano. A finales de 2011, Andorra apostó por el jazz invernal con el ciclo musical Jazzhivern, inaugurado en noviembre y con conciertos programados hasta la primavera. El certamen aspira a acercar esta música y otros sonidos minoritarios al gran público, y lo hace hermanado con el swing, estilo musical protagonista de este año. Todas las bandas participantes son del propio principado y actúan en el Auditori Nacional de Andorra, los días señalados (10 de febrero, 9 de marzo y el 13 de abril) y por 8 euros.
4. Protocolo de compras andorranas
Sería redundante, sería un tópico y sería innecesario reivindicar la Andorra comercial. ¿Sigue siendo más barato comprar en Andorra? Depende. De entrada, siempre hay unos cuantos valores seguros como los productos de cosmética y perfumería, el tabaco, el alcohol y, por supuesto, la gasolina. De conseguir buenos precios en aparatos de electrónica o fotografía dependerá de la maña (y el tiempo y las ganas) del consumidor. Quien quiera dar una vuelta de tuerca y destrozar tópicos andorranos deberá pasarse por una serie de comercios diferentes de la capital. La Bauhaus (C/ Bonaventura Armengol, 5.
www.labauhaus.com) es, probablemente, el más singular. Definirla como tienda de decoración sería inexacto porque LB es reflejo de la pasión de sus dueños: sólo venden aquellos objetos que ellos comprarían como cámaras de fotos analógicas, algo de mueble escandinavo, una deliciosa selección de cine ochentero en DVD, merchandising de Star Wars... Muy cerca, en la calle Pere d’Urg, 2, se encuentra El Vestidor (
elvestidorandorra.blogspot.com), la única tienda de moda del principado en la que se venden las colecciones del diseñador andorrano, Flavio Couture. La boutique, acogedora, decorada con guiños a la Belle Epoque, apuesta por el trato cercano, los productos personalizados, la artesanía... y los chihuahuas, perros por los que Flavio siente especial devoción.
5. El Ying y el Yang en dos museos
Andorra cuenta con un número extraordinario de museos. Los hay dedicados al automóvil, a la moto, al tabaco, al arte románico, a miniaturas imposibles (por ejemplo: una cabalgata de camellos en el interior del agujero de una aguja) y así hasta una veintena de espacios. El más joven es el Centro de Interpretación del Agua y el Madriu (
www.e-e.ad o 00376 890 879), situado en Escaldes-Engordany. Lleva abierto apenas tres meses e informa de forma sencilla y directa sobre la importancia del agua en la historia del principado, desde la época de las ferrerías hasta la de los balnearios. En el casco histórico de Encamp hallamos la némesis a este moderno museo acuático: Casa Cristo (
www.encamp.es o 00376 833 551) es una antigua vivienda campesina del siglo XVIII, ampliada en el XX, que ha permanecido prácticamente inalterada hasta hoy. Acceder a su interior permite conocer cómo vivían, cómo dormían, cómo cocinaban y pasaban el tiempo libre (del que apenas disponían) los andorranos del pasado más cercano.
6. Breve protocolo gastronómico
Comer mal en Andorra es difícil. Lo es si se visita espacios como El Molí dels Fanals (
www.molidelsfanals.com o 00376 835 380) situado en Sispony, La Massana. Estemolino es uno de los valores gastronómicos seguros de este pequeño país: comedor ultraacogedor y una carta en la que el culto a lo tradicional es compatible con creaciones imaginativas. Si no, no se explican delicias como los crêpes de setas con foie. El llamado carro de los postres es la traca final: un artilugio con ruedas repleto de tartas caseras. La otra sorpresa gastronómica espera montaña arriba. Cuando cae el sol, las pistas de esquí se vacían y los restaurantes apostados junto a ellas, también. Todos salvo uno: el Cheese’s Art (
www.cheesesart.ad), situado en el sector Arcalís de Vallnord, a más de 2.000 metros de altura. Cuenta con una de las propuestas gastronómicas más excitantes del país, no por original (que no lo es), ni porque alcance altas cotas de gourmetismo (no le hace falta), sino por la combinación de factores y la excelente relación calidad-precio: ¿a quién no le gustaría catar un menú a base de entrantes, una fondue de carne, otra de queso y, finalmente, de postre, otra fondue, esta vez de chocolate, por 35 euros? Es necesario reservar en el teléfono 00376 345 385. Lo que sientan remordimientos por el intenso ñampa-zampa tienen la posibilidad, tras la cena, de realizar un paseo nocturno con raquetas de nieve (acompañados de un guía, claro) por 6 euros más.
7. Alta montaña para todos los públicos
Arcalís es el sector más elevado de la estación de esquí de Vallnord. Es allí en lo alto, a los pies de un farallón de roca próximo a las pistas, donde existe un túnel fantasma, el del Port del Rat. Nació para unir Andorra con Francia pero nunca llegó a buen puerto: solo se horadaron 210 metros en la vertiente andorrana para luego ser abandonado. Desde hace unos meses, el túnel ha cobrado nueva vida, gracias a las visitas nocturnas que organizan desde la empresa Gicafer (
www.gicafer.com). Lo singular de la experiencia no es sólo visitar esta obra fantasma, sino el medio utilizado para llegar hasta ella: un vehículo anfibio con tracción de orugas que se mueve por la nieve y el hielo sin dificultad. Las excursiones nocturnas (aunque también las organizan de día) incluyen una breve observación del cielo estrellado y un vaso de vino caliente entre gigantes estalactitas de hielo.
8. Burlando el bajo cero
El frío y la nieve tienen una gran ventaja: tras catarlos se valora mucho más el calor. El
Sport Wellness Mountain Spa, situado en Soldeu, a 1.800 metros de altura junto a la carretera que conduce a Francia, explota al máximo este contraste. Con más de 5.000 metros cuadrados, las instalaciones están gobernadas por un impresionante circuito de aguas en el que la cromoterapia –el ambiente cambia de color suavemente cada pocos segundos- y la música juegan un papel tan importante como el líquido elemento. El spa se complementa con unas espectaculares vistas sobre las pistas de esquí de Grandvalira y un jacuzzi al aire libre que sirve para ningunear las temperaturas bajo cero de la alta montaña. El Sport Wellness Mountain está vinculado a tres hoteles de alta gama (dos de 4 estrellas y uno de 5) de la cadena Sport, todos interconectados, por lo que la oferta cuenta con una amplia carta de tratamientos de belleza y masajes.
Fuente: ocholeguas.com
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